Fue un largo descanso, partimos tarde el día, los niños se hicieron su desayuno y con la lucha lo hicimos luego.
Fue un despertar y levantarse tranquilo, sin sobresaltos, a paso lento.
Vino mi mamá con la Elisa a almorzar y se quedaron hasta las 8. Estuvo exquisito, todos nos sentimos tranquilos y felices.
En la noche llegó de vuelta el dueño de nuestra casa de acogida, Juan Pablo, con quien compartimos las vivencias de los últimos días y la comida; él y su mujer son de una dulzura que me llena de alegría y de una generosidad que pocas veces había visto en mi vida.
Gracias
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